Títulos: Luz de Estrella Muerta
Autor: Fernando Navarro L
Género: Ficción Literaria / Literatura de lo Inevitable / Melodrama / Family Life
Formatos: Pasta Blanda 6 x 9
Idiomas: Español
Extensión: 135 páginas
A bordo de La Perpetua viajan 4.200 almas. La nave conoce sus nombres, la frecuencia exacta de sus corazones mientras duermen, el peso de sus maletas y el peso de lo que no pudieron empacar. Lo que no sabe —lo que ningún algoritmo sabe— es lo que harán con el tiempo que les queda antes de desembarcar.
Narrada en parte por la voz de la propia nave —una inteligencia que registra frecuencias cardíacas y trayectorias, pero no comprende los patrones que los seres humanos llaman amor—, esta novela recorre la forma silenciosa en que dos personas aprenden a habitarse, la manera en que los hijos elegidos se parecen a los padres que tampoco eligieron serlo, y la pregunta que el libro nunca deja de hacerse: ¿qué se queda cuando algo termina?
La luz de las estrellas muertas sigue viajando durante siglos después de que la fuente se ha apagado. Llega igual. Sigue siendo real.
Luz de Estrella Muerta explora ese mismo fenómeno en las personas: lo que se envía desde un amor que ya no puede alcanzarse, y cómo esa luz sigue llegando, aunque la distancia sea irreversible.
Una novela de ciencia ficción literaria que es, en su núcleo, una historia sobre el tiempo, la elección y lo que permanece.
La mesa junto a la ventana tenía una ventaja y un defecto: desde ahí se veía todo el espacio.
Rosalba Suárez lo había descubierto en su primera semana a bordo, cuando el insomnio la empujó a recorrer los corredores de La Perpetua a una hora en que nadie tiene excusa para estar despierto. El Jardín de Estrellas era la cámara más grande del sector 7 — una sala de techos altos donde la nave había instalado plantas que no existían en ningún planeta conocido, híbridos creados para sobrevivir sin sol real, con flores de un azul imposible que se abrían bajo la luz artificial con la puntualidad de un reloj. Pero lo que hacía especial a esa cámara no eran las plantas. Era la pared del fondo.
Una ventana de tres metros de ancho y dos de alto. Detrás: el universo.
Rosalba había aprendido a no mirarla de frente al principio. Hay algo en el vacío infinito que el cerebro rechaza. Pero con el tiempo, como todo, se aprende. Se aprende a mirarlo de lado, con la misma delicadeza con que se mira a alguien que duerme sin saber que lo observas. Y entonces deja de ser aterrador. Se parece a la compañía.
Esa noche llevaba una hora en la mesa del fondo con El Tulipán Rojo abierto sobre el mantel, una taza de té enfriándose a su derecha y la certeza tranquila de que nadie iba a molestarla. Los jardines estaban vacíos a esa hora. Era su hora. Lo había decidido así desde la primera semana y el universo, por una vez, había respetado el acuerdo.
Hasta que escuchó los pasos.
No eran los pasos del personal de la nave — esos tenían un ritmo uniforme, de alguien que conoce cada centímetro del corredor. Estos eran distintos: rápidos, luego lentos, luego rápidos otra vez, como alguien que toma decisiones sobre la marcha. Rosalba no levantó la vista del libro. Escuchó cómo los pasos entraban al Jardín, se detenían, recorrían la sala. Luego silencio.
Luego la silla frente a ella.
—Disculpe —dijo una voz—, ¿está ocupado?
Rosalba levantó la vista.
El hombre de pie junto a la mesa tenía el cabello levemente revuelto, como alguien que ha estado caminando contra una corriente de aire que solo él podía sentir. Llevaba una chaqueta con el bolsillo derecho ligeramente abultado y sostenía con la mano izquierda algo que tardó un segundo en identificar como una taza de café que aún humeaba. La miraba con la expresión de quien acaba de darse cuenta de que ha llegado a algún lado sin saber exactamente cómo.
Había otras mesas libres. Rosalba las conocía todas. Las había contado.
—No —dijo, y desvió la vista hacia el libro.
El hombre se sentó. Dejó la taza sobre la mesa con más cuidado del que la situación requería, como si quisiera compensar con ese gesto la intromisión. Rosalba pasó una página que no había terminado de leer. Él miró la ventana.
Así estuvieron varios minutos.
El silencio entre dos desconocidos tiene una textura propia, distinta al silencio entre personas que se conocen. Es un silencio que se revisa a sí mismo constantemente, que mide sus propias dimensiones. Rosalba era buena en ese silencio. Llevaba suficiente tiempo viajando sola como para haberse vuelto experta en ignorar la presencia de otros sin que se notara.
Fue él quien lo rompió.
Rosalba lo notó cuando el ángulo de su atención cambió: ya no era la ventana lo que miraba sino la mesa, y no era la mesa sino el libro. Aguantó unos segundos más. Pasó otra página. Luego, sin poder evitarlo, levantó los ojos.
Él apartó la vista de inmediato, como si lo hubieran descubierto haciendo algo que no debía.
—¿De papel? —dijo, como si hubiera visto un fósil.
Rosalba miró la cubierta del libro, luego al hombre.
—De papel —confirmó, sin levantar la vista del todo.
—Mi abuela tenía ese mismo.
Ahora sí lo miró. Él sostenía la mirada con algo que no era exactamente incomodidad sino su pariente cercano: la consciencia de haber dicho algo que no tenía retiro.
—Lo llamaba el libro que no se puede apagar —agregó, como si eso explicara algo.
—¿Y se lo dejó a usted?
Una pausa. Breve, pero con peso.
—Se lo dejé yo a ella. Para el funeral.
Rosalba cerró el libro.
El hombre miró la taza. La giró levemente entre los dedos — un giro pequeño, sin propósito, el tipo de movimiento que las manos hacen cuando la cabeza está haciendo otra cosa. Rosalba esperó sin saber que estaba esperando.
—Perdone —dijo él, al fin—. No era necesario decir eso.
—No tiene que perdonarse.
—Lo dije sin pensar.
—Las cosas que se dicen sin pensar… suelen ser las más verdaderas.
Él la miró. Una mirada breve, de familiaridad, como quien encuentra en una frase algo que no esperaba encontrar.
—¿Lo cree así?
—Lo he comprobado suficiente. —Rosalba miró el libro cerrado sobre la mesa—. ¿Era su abuela materna?
—Sí. —Una pausa—. ¿Cómo lo sabe?
—Las abuelas maternas son las que dejan libros.
Él soltó una carcajada corta. Luego se quedó quieto, como si le hubiera sorprendido a él mismo.
—Germán —dijo—. Germán Montero.
—Rosalba Suárez.
No se estrecharon la mano. En la nave nadie se estrechaba la mano; era una costumbre que había quedado en los planetas, como tantas otras cosas. En su lugar hubo un asentimiento — el tipo de asentimiento que significa: ya sé tu nombre, y eso es más de lo que sabía hace treinta segundos.
—¿Lleva mucho tiempo a bordo? —preguntó él.
—Cuatro meses.
—Yo cuatro días. —Una pausa—. Se nota, ¿verdad?
—Un poco.
—¿El cabello o los pasos?
—Los dos.
La risa de él fue breve, genuina, sin aviso. El tipo de risa que no busca agradar, sino que simplemente ocurre, como el estornudo o el bostezo. Rosalba no sonrió, pero algo en la rigidez de su postura cedió un milímetro, como una puerta que no llega a abrirse, pero deja pasar el aire.
—¿Cuatro meses y ya sabe orientarse? —preguntó él.
—El sector 7 no es difícil. Los corredores tienen un patrón.
—He notado el patrón. El problema es que llego al mismo punto de siempre sin haber decidido adónde iba.
—Eso ocurre al principio.
—¿Y después?
—Después llega a los sitios que quiere, pero más tarde de lo que planeaba.
Germán consideró esto.
—¿Cuánto tarda en pasar?
—Depende de si deja de resistirse.
Él la miró con una expresión que Rosalba no supo clasificar del todo — algo entre la curiosidad y el principio de algo que todavía no tenía nombre.
—¿Resistirse a qué?
—A que la nave ya es su casa. —Rosalba volvió al libro—. Aunque no lo haya decidido.
Hablaron. O más bien: él habló, y ella respondió, y en algún punto de esa secuencia las respuestas de ella empezaron a tener más de una oración, y las preguntas de él empezaron a ser menos sobre la nave y más sobre otras cosas. Descubrieron, con la extrañeza de dos personas que no deberían tener nada en común, que ambos habían crecido cerca del agua —él en una ciudad con lago, ella en un pueblo costero— y que los dos guardaban una memoria específica y casi idéntica de cómo suena el agua contra una orilla de noche, cuando no hay viento.
—Es el único sonido que me falta aquí —dijo Rosalba, en un momento en que no había planeado decir nada.
Germán miró la ventana.
—Yo extraño el olor a tierra mojada. Después de la lluvia.
—Petricor.
—¿Cómo?
—El olor tiene nombre. Petricor. —Hizo una pausa—. Lo busqué una vez porque quería poder decirlo cuando lo extrañara.
Germán la miró.
—¿Y funciona? ¿Nombrarlo?
—Un poco. Le da un borde. Ya no es solo una sensación flotando.
—Petricor —repitió él, despacio, como si lo estuviera guardando en algún lugar específico.
—Eso ya no existe donde vamos.
—No. —Una pausa—. Supongo que encontraremos otros.
Rosalba no respondió. Miró el libro cerrado sobre la mesa, el lugar donde había quedado el pulgar, la página que no había terminado de leer. Luego miró la ventana, donde el vacío seguía siendo el vacío con la indiferencia de siempre.
—¿En qué parte va? —preguntó Germán, señalando el libro con un movimiento de la cabeza.
—En la mitad, más o menos. —Dudó—. La parte donde él todavía no sabe que va a perderla.
Germán no preguntó quién era él ni quién era ella. En cambio, dijo:
—¿Y cuando lo sepa?
—Cuando lo sepa el libro ya casi termina.
Un silencio distinto. Más denso, o quizás solo más honesto.
—Yo lo leí hace años —dijo Germán—. No recuerdo bien el final.
—Yo tampoco —admitió Rosalba—. Pero sigo llegando hasta ahí y empezando de nuevo.
—¿Por qué?
Rosalba pensó en la respuesta antes de darla. No porque no la supiera, sino porque era de las respuestas que merecen el tiempo exacto que necesitan.
—Porque cada vez que llego a esa parte entiendo algo distinto. —Miró el libro—. La primera vez pensé que era una historia de pérdida. La segunda, que era una historia de tiempo. La tercera creí que era sobre el miedo. —Una pausa—. Todavía no sé qué es. Pero cada vez estoy más cerca.
Germán la miró durante un momento.
—¿Y no le molesta no saber?
—Antes sí. —Rosalba volvió a poner el pulgar entre las páginas, en el lugar donde había estado—. Ahora creo que eso es exactamente lo que lo hace necesario.
Esta vez sí sonrió, brevemente, casi sin querer, como la estrella de hacía un rato: aparecida y desaparecida antes de que hubiera tiempo de decidir si era real.
Se quedaron en silencio otro rato. Las flores azules del jardín se habían cerrado ya — lo hacían siempre a las once, con la precisión de algo que no tiene dudas sobre su propio destino. Rosalba recogió el libro. Se puso de pie.
—Buenas noches, Germán Montero.
—Buenas noches.
Caminó hacia la salida sin apresurarse. En el umbral, sin saber exactamente por qué, se giró. Él estaba mirando la ventana. No a ella — a la ventana. Como si buscara en el vacío algo que no estaba allí.
Rosalba salió al corredor. Sus pasos eran distintos a los de entrada — más lentos, más atentos al suelo, como los de alguien que acaba de recordar que el mundo tiene peso.
Bitácora de La Perpetua. Hora 23:14. Sector 7, Jardín de Estrellas. Temperatura de la cámara: estable. Flores del ciclo artificial: cerradas. Pasajera R. Suárez: en tránsito hacia sector residencial 4. Pasajero G. Montero: sin movimiento registrado. Permanece en la cámara. Frecuencia cardíaca de ambos: elevada. Causa: indeterminada.
Luz de Estrella Muerta se inscribe en la tradición de la ciencia ficción literaria contemporánea, con énfasis en la interioridad de los personajes y en la exploración del tiempo como fenómeno emocional. Su propuesta narrativa se articula en torno a la idea de que ciertos vínculos no desaparecen, sino que cambian de forma.