Títulos: Ódiame Por Favor
Autor: Fernando Navarro L
Género: Suspenso / Aventura
Formatos: Pasta Blanda 6 X 9
Idiomas: Español
Extensión: 268 páginas
En abril de 1964, Max era un agente viajero acostumbrado a confiar en las reglas simples del mundo: cada carretera llevaba a un destino, cada falla tenía una causa, cada decisión un resultado. Pero una tarde, en un tramo olvidado de la sierra de Michoacán, su camioneta lo condujo a un pueblo que no figuraba en los mapas.
Un lugar donde el tiempo no avanza.
Un lugar que no retiene a las personas por la fuerza, sino por algo más inquietante: la erosión de su voluntad de irse.
Max logra escapar. Sin embargo, descubre que algunas salidas no son definitivas. Dos años después, regresa por la única persona que nunca debió quedarse ahí. Lo que encuentra cambiará para siempre su comprensión del tiempo, la libertad y el verdadero significado de pertenecer.
Narrada con precisión sobria y una profunda carga filosófica,
Ódiame por Favor es una novela sobre la elección entre vivir plenamente, con todas sus pérdidas, o permanecer intacto, conservado fuera del tiempo.
Porque algunos lugares no buscan destruirte.
Solo te ofrecen la posibilidad de no tener que envejecer nunca.
Y el verdadero peligro no es entrar.
Es comprender lo que has dejado atrás.
Me llamo Max.
No es un apodo ni una abreviatura. Es simplemente Max. Mis padres nunca ofrecieron una explicación satisfactoria, y con el tiempo dejé de considerarlo un asunto que requiriera resolución. El nombre resultó útil. Era breve, fácil de recordar y, lo más importante, no invitaba a preguntas innecesarias.
En abril de 1964 yo tenía treinta y dos años y trabajaba como agente viajero para una compañía farmacéutica con sede en la Ciudad de México.
No llegué a ese trabajo por accidente.
Durante algunos años intenté llevar una vida convencional. Un empleo de oficina, horarios definidos, el mismo trayecto cada mañana y cada tarde. La estabilidad tenía ventajas evidentes, pero también una cualidad estática que pronto comencé a notar con incomodidad. Cada día era indistinguible del anterior. Cada semana una repetición precisa de la anterior.
No tardé en comprender que esa forma de existencia requería un tipo de temperamento que yo no poseía.
Las ventas aparecieron primero como una alternativa provisional. Descubrí rápidamente que me resultaban naturales. No por una habilidad particular para persuadir, sino por una disposición genuina a escuchar. La gente, en su mayoría, solo necesitaba sentirse comprendida antes de tomar una decisión.
La carretera llegó después.
Y una vez que llegó, no se fue.
La combinación resultó inevitable. Un trabajo que me permitía moverme constantemente, atravesar ciudades y pueblos que de otro modo nunca habría conocido, depender únicamente de mi juicio y de mi capacidad para adaptarme a circunstancias variables.
Era, en el sentido más práctico, una forma de libertad.
No tenía esposa ni compromiso que exigiera permanencia en un lugar específico. Algunas relaciones habían surgido y desaparecido con la misma naturalidad con la que desaparecen las estaciones. Nunca sentí urgencia por alterar ese estado. La soledad, cuando es elegida, tiene propiedades distintas.
Mi vida, en ese momento, consistía en una secuencia de rutas, reuniones, habitaciones de hotel y mapas desplegados sobre superficies temporales.
No lo consideraba una vida incompleta.
La consideraba una vida en movimiento.
Nunca confié completamente en ese camioncito.
No era desconfianza abierta. Más bien una reserva prudente, la misma que se desarrolla cuando uno depende de algo que ya ha demostrado, en más de una ocasión, tener voluntad propia.
Era un Chevrolet 3100 modelo 1956, seis cilindros en línea, sistema eléctrico de seis voltios, carburador Rochester y una tendencia persistente a calentarse en las subidas largas. Lo había comprado tres años antes a un médico en Puebla que juraba haberlo usado únicamente para visitar pacientes en la ciudad. El desgaste del embrague contaba una historia diferente.
Aun así, nos entendíamos.
Había aprendido a escuchar sus variaciones. El tono del motor cuando estaba satisfecho. La ligera vibración cuando algo no estaba bien. El retraso casi imperceptible en la respuesta del acelerador cuando la humedad interfería con el sistema eléctrico.
En mi oficio, esas sutilezas eran la diferencia entre avanzar y quedarse varado.
Aquel martes había salido de la Ciudad de México antes del amanecer. A las cinco en punto, cuando el aire aún conservaba la frescura de la noche y las calles permanecían casi vacías. Había revisado los niveles de aceite y agua, ajustado la tensión de la banda del alternador y limpiado las terminales de la batería. No esperaba problemas, pero la expectativa rara vez influye en la realidad.
El trayecto hacia Morelia era familiar. Lo había recorrido suficientes veces para anticipar cada curva, cada cambio en el pavimento, cada pendiente que exigiría más del motor de lo que el motor estaba dispuesto a ofrecer.
Pero Mil Cumbres era distinto.
Siempre lo fue.
La carretera comenzaba a elevarse de forma gradual, casi cortés. Como si quisiera ofrecer una falsa sensación de facilidad antes de revelar su verdadera naturaleza. Las primeras curvas no representaban dificultad. El motor respondía con estabilidad. La temperatura permanecía dentro de un rango aceptable.
Luego comenzaban las pendientes reales.
Reduje la velocidad y cambié a segunda. El motor respondió con un esfuerzo audible, pero controlado. La aguja de la temperatura comenzó su ascenso lento e inevitable. Era un comportamiento predecible. No había motivo para intervenir todavía.
Abrí ligeramente la ventilación para permitir la circulación de aire. No serviría de mucho, pero ofrecía una ilusión de participación en el proceso.
Las curvas se volvieron más cerradas.
La pendiente más pronunciada.
El motor comenzó a emitir ese sonido particular que no era exactamente una falla, pero tampoco era normal. Una vibración más profunda, más íntima. Como si la máquina fuera consciente de la exigencia y no la aprobara.
Solté el acelerador momentáneamente.
Esperé.
La vibración disminuyó.
Volví a acelerar con suavidad. Respondió.
Siempre respondía.
Durante varios minutos continuamos así, negociando cada metro de ascenso como dos entidades que compartían un objetivo común pero no necesariamente la misma voluntad.
La aguja de la temperatura se aproximó al límite que yo había aprendido a respetar.
No era peligroso aún. Pero estaba cerca de serlo.
Consideré detenerme.
No lo hice.
La experiencia me había enseñado que interrumpir el ascenso podía ser más perjudicial que completarlo. El motor necesitaba continuidad. Flujo. Interrupción significaba acumulación de calor. Acumulación significaba vapor. Vapor significaba inmovilidad.
Y la inmovilidad, en ese tramo de carretera, no era deseable.
Continué.
Finalmente, después de lo que siempre parecía más tiempo del que realmente era, la pendiente comenzó a ceder. La carretera se niveló y el esfuerzo del motor disminuyó. La aguja de la temperatura descendió lentamente, como si el sistema hubiera decidido perdonarme.
Cambié a tercera.
Exhalé sin haber notado que estaba conteniendo la respiración.
Pero Mil Cumbres no terminaba en la cima.
La bajada era igualmente exigente, aunque por razones distintas.
Reduje de nuevo a segunda velocidad.
El freno de motor era esencial. Usar los frenos de forma continua generaba calor. El calor generaba pérdida de eficiencia. La pérdida de eficiencia, en una bajada prolongada, generaba consecuencias irreversibles.
Había aprendido esa lección observando a otros cometer el error.
Nunca lo repetí.
El camioncito descendió con estabilidad. El motor venía girando a un régimen más alto, contenido, vigilante. Como si también entendiera que el peligro no había terminado.
Las curvas se sucedían una tras otra.
Precisas. Inevitables.
Durante ese descenso experimenté una sensación familiar.
No era exactamente miedo. Era algo más frío: la conciencia de que el control es siempre relativo.
Y que incluso los sistemas más predecibles pueden fallar sin previo aviso.
Cuando finalmente el terreno se estabilizó por completo, el motor volvió a su comportamiento habitual. La vibración desapareció. El sonido recuperó su cadencia conocida.
Nada había ocurrido.
Nada que pudiera señalar como anormal.
Sin embargo, reduje la velocidad durante varios kilómetros más. No lo hice por necesidad técnica. Lo hice por respeto.
Llegué a Morelia poco después del mediodía.
El resto del día transcurrió sin incidentes. Visité a dos médicos, tomé pedidos en una farmacia del centro y confirmé una reunión pendiente con el administrador de una clínica privada. El negocio se desarrolló favorablemente. Más de lo que había anticipado.
Aquella noche, en la habitación del hotel, extendí el mapa sobre la cama.
La siguiente etapa era más larga.
Morelia a Ciudad Lázaro Cárdenas.
Pasando por Pátzcuaro. Nueva Italia. Arteaga.
Conocía la ruta.
También conocía sus riesgos.
El camioncito había demostrado su capacidad ese día. Había superado Mil Cumbres sin fallar. Sin protestar más allá de lo esperado.
Eso era suficiente.
O eso creí.
Apagué la luz y me acosté.
Antes de dormir, pensé en la carretera que me esperaba al día siguiente.
No sentí preocupación.
Sentí algo peor.
Confianza.
Misterio existencial
Realismo mágico contemporáneo
Thriller psicológico literario
Ficción especulativa filosófica