Títulos: En Qué Momento Me Fui
Autor: Fernando Navarro L
Género: Realismo Mágico Contemporáneo / Misterio Existencial / Thriller Psicológico Literario
Formatos: Pasta Blanda 6 x 9
Idiomas: Español
Extensión: 138 páginas
David Sánchez tiene ochenta y siete años cuando deja de respirar en una habitación de hospital. Lo que sigue no es el fin, sino el inicio de un tránsito que nadie le explicó.
Sin tribunal ni veredicto, David recorre las estaciones de su propia vida: la cantina donde el pasado toma asiento sin pedir permiso; la oficina que fue más hogar que el hogar; la carretera nocturna donde una decisión pequeña revela un patrón enorme; la silla junto a su cama donde alguien se quedó hasta el final. En cada estación aguarda alguien —su hermana María, sus dos esposas, el Güero Fuentes, un hombre al que golpeó en Insurgentes, un perro en una carretera de Puebla— que no viene a juzgarlo sino a completar lo que entre los dos quedó abierto.
Lo que David encuentra al final del recorrido no es una sentencia. Es un espejo sin ángulo favorable, y en él, por primera vez en ochenta y siete años, se ve completo: un hombre que amó a las personas que amó con las herramientas que tuvo, y que las herramientas nunca fueron suficientes porque la más importante —la de quedarse presente cuando importaba— nunca la ejercitó.
La novela concluye con una decisión: regresar. No para corregir el pasado, sino para aprender a sostener lo que antes solo supo sentir.
Prólogo: El último día
Hay un momento en que uno ya no sabe si está dormido o despierto, y le vale.
Así estoy yo.
Podría ser martes. Podría ser que ya pasó el martes y nadie me avisó. La ventana tiene una franja de luz que antes me servía para calcular la hora, pero hoy no me dice nada. O sí me dice algo y yo ya no le entiendo. En algún punto de los últimos años dejé de importarme lo que decía el reloj y creo que eso fue lo más sensato que hice en mucho tiempo.
Me llamo David. Ochenta y siete años, aunque eso a estas alturas suena más a acusación que a logro. Nací en esta ciudad cuando todavía cabía en la cabeza, cuando los camiones olían a aceite quemado y los domingos en el hipódromo eran una promesa seria. Ahora la ciudad pesa demasiado y yo también.
Tengo tubos. No sé exactamente cuántos ni para qué sirve cada uno, pero los tengo, y de vez en cuando alguno jala de algo y me recuerda que sigo aquí. Eso hacen los tubos: te amarran al lugar donde estás para que no te distraigas. Como si uno a los ochenta y siete fuera a irse corriendo.
Hay una silla junto a la cama. Alguien estuvo sentado ahí hace rato. No sé quién porque cuando volteé ya no había nadie, solo el cojín aplastado que todavía guarda la forma de alguien. Eso me pareció triste, aunque no supe bien de quién.
El caso es que pienso.
O más bien los pensamientos me pasan, que no es lo mismo. Pasan como pasan los camiones por Bucareli a las siete de la mañana: sin preguntarle a uno si ya está listo.
Bucareli.
Cuántos años pasé ahí. El edificio siempre olía a papel mojado y a café de olla que nadie sabe de dónde salía pero que siempre estaba. Yo llegaba temprano, antes que los demás, no por ambición sino porque en la casa había un ruido de fondo que me pesaba y la oficina vacía era lo más parecido a la paz que conocí en mucho tiempo. Me sentaba, acomodaba los lápices, aunque no necesitara acomodarlos, y respiraba. Nomás eso. Respiraba.
Después llegaba el Güero Fuentes con su periódico doblado en cuatro y ya se armaba el día.
El Güero Fuentes. Qué hombre tan inútil para todo menos para hacerte reír.
Aparece también el hipódromo, nomás así, sin que yo lo llame. Domingo por la tarde, el olor a pasto húmedo y a fritangas, el Atlante con su camiseta negra y roja que era mi equipo y punto, y la sensación de que los problemas eran algo que existía de lunes a viernes y que los domingos tenían prohibida la entrada.
Había una mujer que vendía chicharrones de harina cerca de la entrada norte. Siempre la misma. Nunca supe su nombre. Pero por alguna razón ahora la veo con más claridad que a personas que conocí treinta años.
Esas son las cosas que pasan cuando uno está así: que vienen las que no deberían y se van las que uno quisiera retener.
Vienen también otras cosas.
Mi primer hijo cuando lo cargué por primera vez, ese peso pequeño y caliente que no podía creer que fuera real, y yo con las manos tiesas porque toda la vida fui hombre de manos tiesas para lo que importaba. Vienen las discusiones, claro que sí, las que tuve con la voz demasiado alta y las que no tuve y debí haber tenido. Viene el olor a perfume barato de una noche que no pienso detallar. Vienen hospitales, varios, en distintas décadas, siempre el mismo olor a hospital, aunque sean hospitales distintos.
Viene el silencio de ciertas noches.
Ese silencio que yo mismo construí ladrillo por ladrillo sin darme cuenta, o dándome cuenta a medias y mirando para otro lado.
La franja de luz en la ventana ya desapareció.
Alguien prende algo, una lámpara pequeña, y hay un momento en que todo tiene esa calidad de las cosas que ya se están terminando, como el final de una película cuando la música cambia, aunque todavía no haya pasado nada.
Pienso —o me pasa el pensamiento, ya dijimos cómo funciona esto— que debí haber hecho más. No más en el sentido de trabajar más o ganar más o ir a más lugares. Más en otro sentido que no sé nombrar bien. Más de algo que estuvo ahí siempre y que yo estuve a punto de agarrar muchas veces y que siempre terminé soltando antes de que se me notara que lo había querido agarrar.
No me alcanzó el tiempo.
O tal vez sí me alcanzó y nunca entendí qué hacer con él.
Hay una respiración que es mía y que ya no suena igual.
Y luego no hay nada.
O hay algo que todavía no tiene nombre.
La novela propone un marco metafísico —el viaje post-mortem, el peso de los actos que viajan en cadena, la posibilidad de una nueva oportunidad— sin abandonar en ningún momento el registro de la ficción literaria. No es fantasía ni autoayuda disfrazada de narrativa. Es una exploración de la conciencia masculina desde adentro, con la voz de quien la habitó, con sus contradicciones intactas.